Equilibrio entre derechos, responsabilidades y enseñanza en los menores de edad.
Psicopedagogía.
Los niños y adolescentes menores de edad necesitan, desde
los primeros años de vida, aprender el valor de la obediencia como un medio
para garantizar su protección y guía hacia una madurez sana. Esta obediencia,
lejos de ser una imposición arbitraria, debe ser cultivada con amor y paciencia
por los padres o tutores, quienes tienen la responsabilidad de enseñarles a
comprender y respetar normas que promuevan su desarrollo integral. De esta
manera, los menores pueden estar protegidos mientras adquieren las habilidades
necesarias para enfrentar los retos de la vida con autonomía y responsabilidad.
Los niños requieren, como principio fundamental, el cuidado
integral de sus padres o tutores. Este cuidado incluye aspectos esenciales como
la alimentación, la protección y el cariño. Aun no se los pueden agenciar por
si mismos. Estos elementos no solo son derechos universales garantizados por
legislaciones internacionales y nacionales, sino también pilares
imprescindibles para el desarrollo integral de sus capacidades físicas,
mentales y emocionales.
Al momento de nacer el infante depende completamente de sus
cuidadores para satisfacer sus necesidades. Es un proceso progresivo y gradual
que culmina con la independencia cuando el individuo ha adquirido las
habilidades necesarias para enfrentar y resolver sus necesidades por sí mismo.
Esta dependencia inicial subraya la importancia de la guía que los padres y
maestros deben proporcionar con sabiduría y responsabilidad. Los peligros de
accidentes, daños mentales, drogas y otros peligros sociales pueden derivar de
una independencia malograda en etapas donde aún no se está preparado.
Un menor no posee la madurez ni el desarrollo físico y
cognitivo necesarios para tomar decisiones autónomas sobre cuestiones cruciales
de su vida, como su rutina diaria, su alimentación o sus actividades sociales.
Este nivel de discernimiento se adquiere progresivamente y está condicionado
por la guía y enseñanza que recibe de sus cuidadores. Por ello, son los padres,
quienes conocen y velan por el bienestar del menor, los responsables de
orientar este aprendizaje hacia la independencia. Por ejemplo, al llevar al
niño a la escuela o a la iglesia, no solo se le proporciona un espacio para su
educación académica o espiritual, sino que también se le introduce en un
entorno estructurado que fomenta la disciplina y la interacción social.
A medida que el menor demuestra ser capaz de asumir pequeñas
responsabilidades, se le otorgan mayores grados de autonomía. Este enfoque
gradual asegura que el menor desarrolle una conciencia de sus propios límites y
potencialidades. No obstante, para que este proceso sea efectivo, los padres deben
establecer límites firmes sin temor. Los límites, lejos de ser restrictivos,
son herramientas que proporcionan seguridad al menor y le enseñan a respetar
normas y convivir en sociedad.
Ser padre o tutor implica un balance constante entre ofrecer
cariño, establecer límites y fomentar la independencia progresiva del menor.
Este equilibrio es clave para que los niños y adolescentes crezcan en un
ambiente saludable que les permita desarrollar plenamente su potencial. Como
psicopedagogos, es nuestra responsabilidad apoyar y guiar a las familias en
este proceso, promoviendo un enfoque educativo basado en el respeto, la
paciencia y la responsabilidad compartida.
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Saludos del profesor y sicopedagogo Enrique

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